Shanghai y alrededores (III): Hangzhou y vuelta a casa.

Nos despedíamos del Hostal Phoenix (que estaba genial, vuelvo a repetir) y poníamos rumbo a la estación de trenes de Hongqiao (上海虹桥火车站). Fuimos sin haber comprado billete y, no se si suerte o no, pudimos comprar un billete para el tren de alta velocidad que salía en 20 minutos. El tren, de nuevo genial, te hace el trayecto en escasos 50 minutos. El albergue al que llegamos (este) además de estar muy bien en ubicación y calidad-precio me recordó bastante, aunque no llegara a ese nivel, al que visite en Changdu dentro del Dragon Town. Este, al igual que aquel, se sitúa en una zona peatonal con bastante vida de día y más aun de noche. De hecho, la entrada principal a la calle del albergue esta justo debajo de la Torre del Tambor y continuando la calle se llega a un mercado nocturno muy chulo. Una vez hecho el checking tocaba el famoso “a patear la ciudad!!”.


Hangzhou es lo que llamaría Quevedo una ciudad a un lago pegada. Según la Wikipedia, cuando Marco Polo la vio dijo que era “la ciudad más suntuosa y elegante del mundo”. Lo cierto es que sin llegar a tanto lo cierto es que pasar un rato ya te da para ver que es una ciudad que esta genial. La gente es bastante civilizada (para ser chinos), el transporte es potable y el lago y alrededores le da mucho encanto. Aunque Hangzhou cuenta con más de 9 millones de habitante, la zona más turística y a la que nosotros nos restringimos se reduce a los alrededores del Lago del Oeste (西湖).

Salimos del albergue y después de perdernos gracias a mi superpoder al que yo llamo megaorientacion decidimos coger un taxi hacia el embarcadero del este. El taxista hizo un acto chinil inequivoco que vino siendo dejarnos donde le salió de las pelotas. Cuando no tenía ni idea de chino pensaba que era por la falta de comunicación pero lo que realmente pasa es que no les sale de las pelotas llevarte a algún lado y como ya estás dentro del taxi pues te llevan donde les apetece. En esta ocasión al menos nos dejo a la orilla del lago.


Al parecer nos había dejado a un rato largo (pero largo largo) hacía al sur de donde pretendíamos. Las vistas eran buenas así que fuimos subiendo hasta que llegamos al embarcadero del este. El embarcadero se reconoce rápido porque al ser turístico está lleno de sitios de comida rápida y gente intentando venderte cosas. Claro, eso y que hay barcos XD. Nuestra intención era coger un barco de los grandes que nos llevara a las islas interiores pero el plan se torció cuando la zorra simpática de la mujer del colega con el que estabamos por Hangzhou decidió que era demasiado divina para unirse con la plebe. El resultado es que cogimos un barco para 4 que, pese a no estar nada mal, no era lo que buscábamos. Ojito que a los tipos que lo ofrecen hay que regatearles a muerte.

El paseo duró 45 minutejos en los que fuimos objeto de acoso y derribo por los mosquitos. De vuelta en el embarcadero encontramos un taxista para poner rumbo al norte en busca de un bosque de bambú y, en teoría, una cueva. En mitad de la conversación con el taxista salio un “en mi país si el taxista se equivoca de lugar los pasajeros le cortan las manos” y funciono a la perfección. Debería de ponerlo en practica más a menudo. Nos dejo en la puerta del parque y nos dio mil indicaciones de las que no entendí ni la mitad. El bosque resulto ser más laberíntico de lo esperado y, de hecho, la cueva que buscábamos no llegamos a saber si existía o no. Aun así el paseo tuvo su gracia.






La última foto es la típica atracción para guiris que tiras una moneda y si aciertas suena una risa maléfica. Como a los chinos no les gusta tirar el dinero casi, allí había señores que seguramente se estuvieran gastando el futuro de sus hijos en escuchas la risilla. Acabado el parque, cogimos nuestro enésimo taxi del día dirección sur hacia la Pagoda Leifen (雷峰塔). La suerte nos acompaño cuando, haciendo 18 millones de grados y un 3000% de humedad le dio por romper a llover.

La Pagoda Leifen, además de está bastante alta en el ranking de pagodas chinas que he visitado, tiene lo que todo americano que se precie pide para subir a una pagoda: escaleras mecánicas!.


Además, pese a tener 5 pisos de escaleras, no te permiten subir andando sino que tienes que tomar un ascensor. Vamos, está hecho para vagos pura cepa. El último piso te da unas vistas del lago y alrededores bastante majas.



Finiquitamos el pagoda-tour y nos fuimos al albergue no sin antes protagonizar una odisea en busca del autobús adecuado. Al parecer las 6 de la tarde es una mala hora para buscar un taxi. Ya en el albergue y conscientes de la falta de luz les preguntamos a los recepcionistas donde se podía ir y nos recomendaron el mercado nocturno de Wushan (吴山夜市). Por desgracia, y sin saber muy bien porqué, a este sitio no le hicimos fotos. Para imaginárselo basta con ir al Rastro y ponerlo de noche y lleno de chinos (aunque esto último creo que ya estaba en proceso). Tiene lo que todo mercado chino esta obligado (a veces pienso que por ley) a tener: chinos gritando, falsificaciones de todo tipo, más chinos gritando y luces de neón. Estando allí en mitad del típico regateo tuve una conversación muy graciosa.

Urko: Hola, esa camiseta ¿cuanto vale?
Vendedora: 100 元.
Urko: Vale, y si no soy americano ¿cuanto vale?
Vendedora: Hahah eres muy gracioso amigo. 50元 ¿te parece?
Urko: Te doy 15元.
Vendedora: Menos de 20元 no puedo.
Urko: Venga, ok. Toma el dinero. (Dándole un billete de 20)
Vendedora: Gracias, toma la vuelta (Dándome un billete de 5)

A veces las matemáticas chinas son impresionantes. Se nos acaba el día y tras un rato más de chachara con chinos nos volvimos al albergue. Antes de entrar nos dimos un garbeo por el minimercado nocturno donde vendían todo tipo de delicatessen.


Al día siguiente cogimos el vuelo de vuelta a casa con la impresión de habernos dejado un millón de cosas por ver en Hangzhou. Decididamente un día es muy muy poco para esa ciudad. Así que ya tenemos razones para volver!

La próxima más y mejor.

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